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Las Leyes de la Niñez
Helmut von Kügelgen

La niñez está gobernada por leyes sublimes, y exige humanismo y abnegación del mundo de los adultos. Por esta razón, el niño pequeño plantea un gran desafío a la conciencia intelectual moderna. ¿Debería protegerse el mundo de la niñez de los “expertos”, cuyos pensamientos no nacen ni del amor ni de la percepción? ¿Debería prohibirse la experimentación invasiva, que altera y con ello afrenta el destino humano? ¿No debería seguir siendo nuestra responsabilidad para con nuestros niños, pensar en el futuro con reverencia, ante de atrevernos a exigir algo de ellos, o de dejarles a merced de sí mismos? No importa cómo actuemos, a los niños los formamos a nuestra propia imagen: no es su conciencia, ni siquiera su alma, que aún no ha desplegado sus alas para volar lo que afectamos, sino las circunvoluciones del cerebro, las delicadas vibraciones de las glándulas, el hígado, así como el sistema circulatorio.

Por ello, la primera ley de la niñez es que el cuerpo del niño pequeño en su totalidad es un órgano sensorio abierto a todo tipo de impresión. El niño es extremadamente sensible a su entorno inmediato. Una sonrisa, una expresión de amor, una palabra tierna (fuentes todas ellas de calor y fuerza sin igual), los colores, las formas, el arreglo de las cosas, así como los pensamientos positivos de las personas en su entorno—todo moldea y forma al niño, de la misma manera que lo hacen el nerviosismo, los actos insensatos y los arrebatos de mal genio.

Por consiguiente, no es tanto que la herencia sea la responsable de la similitud entre padres e hijos, sino que los niños pequeños aún no son conscientemente capaces de defenderse de las influencias externas. Estas impresiones penetran directamente en la médula de sus huesos; sus reacciones pueden apreciarse, por ejemplo, en los cambios de color en la piel o en problemas digestivas. Cada vez más, los psicólogos están descubriendo que los primeros días de vida de un niño tienen una influencia duradera dado que las impresiones iniciales crecen con el cuerpo del niño, como lo hacen las cicatrices o el tejido sano.

La segunda ley es que nace del amor, un hábito sagrado que trae consigo cada individuo; el aprendizaje se lleva a cabo a través de la imitación, la cual incorpora las impresiones que reciben los niños de su entorno. Un acto de amor, aunque fuese meramente un acto de relación sexual, fue lo que convocó al ser del niño y preparó un cuerpo como su morada física. Del amoroso mundo espiritual de los no nacidos, el niño trae consigo un sentimiento de confianza ilimitada en la bondad del mundo. Así pues, existe en él un deseo de imitarlo todo, con lo que todo acaba formando parte del niño a través de la imitación: los gestos, las actitudes interiores, la conducta exterior, el lenguaje que usamos, así como los pensamientos que realizamos. La “imitación” es la palabra mágica en la educación del niño hasta la edad de los nueve o diez años, en que viene a ser gradualmente re- emplazada por otras formas del aprendizaje. La costumbre de los niños de imitarnos, llena de gran confianza y expectativas, nos instan a que seamos dignos de su imitación. Son las acciones positivas, no los sermones, las que dan forma a un “celebro” capaz de efectuar pensamientos significativos. La inconsistencia produce el efecto opuesto.

Estas consideraciones nos llevan a la tercera ley, la cual es de gran importancia en los primeros años de escolaridad, y que sigue siendo una experiencia dolorosa para el estudiante que sufre durante los exámenes: las fuerzas de crecimiento y de la memoria (la representación visual) son idénticas. Agobiándoles con conocimientos pedantes, a los niños se les priva de las fuerzas formativas necesarias para desarrollar y fortalecer sus cuerpos en crecimiento. Esta es la razón por la cual muchos niños precoces se ven delgados y pálidos, mientras que los que juegan imaginativamente, tienen una complexión sana. ¿Para qué agobiar a los niños pequeños con banalidades de la vida cotidiana? Muy pronto aprenderán a diferenciar entre lo grueso y lo delgado, lo redondo y lo cuadrado o entre el bombero y el policía, y no tendrán ningún problema en hacerlo. Lo más importante durante los primeros siete años de vida es estimular la imaginación creativa del niño, a través del juego y de las tareas diarias.

Para este rango de edad, más que en cualquier otra, lo siguiente es una verdad: el niño aprende a ser un ser humano a través de otros seres humanos. ¿Qué pasa cuando ignoramos esta cuarta ley? Si los padres o las maestras substituyen sus propios cuentos, juegos, esfuerzos, por libros, materiales de enseñanza, o incluso la televisión, privan al niño de lo más importante que se le puede dar: el contacto humano. El que el niño perciba una personalidad detrás de todas las actividades que ve, despierta a su vez la propia personalidad del niño. ¿De qué sirven los conocimientos y más conocimientos, si la persona no tiene imaginación y es incapaz de formar juicios y de actuar de una manera responsable sobre esas consideraciones?

Hay tres tipos diferentes de “substancias” que nutren a los niños y que se vuelven parte de ellos: la comida, el aire que respiran y las impresiones sensoriales del mundo que les rodea. Así pues, la quinta ley es prestar atención a la calidad de estos “nutrientes”. Se han de preparar las comidas con cariño, usando cuanta fruta y vegetales de la estación sea posible. La actitud de agradecimiento del pan de cada día, aumenta su valor; la indiferencia, la indulgencia y la falta de cortesía, lo reduce. En la familia, se debe establecer un equilibrio entre las actividades de dentro de casa y las de fuera, entre el dormir y el estar despierto, entre los momentos serios y los momentos de alegría, entre los domingos y los días de trabajo. Todos estos factores contribuyen esencialmente a la calidad de las impresiones sensoriales que los niños toman de su entorno. ¿Con qué juguetes deben jugar los niños? ¿Deben tener juguetes mecánicos, o piedras, conchas marinas, bloques de construcción, o trozos de tela que estimulen la imaginación? ¿Qué clase de ropa interior deben usar, de lana o sintética? ¿Qué ha sido de esa intuición que nos dice que no es bueno que los niños se sienten frente al televisor, ni siquiera para ver programas infantiles? ¿Ha desaparecido? Las carriolas deberían de diseñarse de tal manera que los niños puedan ver la cara del adulto que les lleva y así se sientan seguros; para protegerles de las mil y una impresiones de la calle, que el niño no puede asimilar y sólo sirven para ponerle nervioso. Debiéramos tener siempre presente el hecho de que cualquier cosa que los niños no puedan digerir o que sea de poca calidad, sólo sirve para debilitarles. Los niños retan nuestro mundo de adultos a una reflexión crítica. Desde su punto de vista, dejan mucho que desear la calidad de nuestras ciudades, el ritmo diario de nuestra vida exterior así como la riqueza de nuestra vida interior. Los niños nos exigen humanismo.

¿A qué edad pasan a ser nuestros coetáneos? En un principio siguen viviendo en un estado temprano de la humanidad, de conciencia soñadora; más tarde, acabarán sobrepasándonos, pues el tomar la antorcha de nuestra mano es responsabilidad de la siguiente generación. Sin embargo, en ningún momento son adultos en miniatura. Poco a poco debemos fortalecerles para que puedan llevar a cabo las tareas de este siglo y ser capaces de llevar la carga de las mismas. Esta educación debe llevarse a cabo paso por paso. Dar a los niños menos de lo que necesitan a su edad, o dárselos demasiado pronto, crea problemas desde el principio. Es por esta razón que la sexta ley a considerar es que el desarrollo es un proceso que lleva tiempo; cada paso dado ha de estar basado en el anterior. En los primeros dos o tres años, este desarrollo se realiza rápidamente. Los niños aprenden más en esta época, que durante los años de universidad o de aprendizaje de una profesión. Al poder de la voluntad del niño de ponerse de pie y aprender a andar, le sigue el despertar de los sentimientos que encuentran su expresión en la palabra hablada. Sólo a partir de entonces se dice la primera palabra que es pensada y no imitada: la palabra “Yo”.

Este triple desarrollo también es válido para los primeros siete años del desarrollo del niño. Primero, los niños deben enfrentarse a la grave- dad, poniendo a prueba su voluntad con cada paso que dan. Luego, llegan más allá de la mano extendida, en forma de palabras, expresar las primeras inquietudes de su alma. Es en ese momento que se inicia un diálogo entre la naturaleza y el mundo de los cuentos de hadas, así como una exploración de los aspectos sociales y aspectos artísticos/imaginativos del lenguaje. Finalmente, (entre la edad de cinco y siete años), uniendo la palabra y los gestos del lenguaje, el niño forma los primeros pensamientos, crea nuevas palabras y filosofías, como sólo un niño puede hacerlo. Esta ley se muestra claramente de nuevo en los tres septenios que llevan a la edad adulta. Hasta la edad de ir a la escuela, incluso un poco después, los niños deben hacer cosas con el fin de comprenderlas, aprendiendo a través del juego y de sus propias experiencias. Hasta la adolescencia, deben aprender a través de experimentar las cosas y a través de discusiones. Lo que ha aprendido ya no está incorporado, sino que, poco a poco, los sentimientos empiezan a darse alas. Durante la pubertad habrá de desarrollarse en el niño un vivo interés por el destino de las personas, tanto de su mundo cercano, como por aquellos otros en tierras lejanas, lo que llevará a ampliar su horizonte más allá de su propio país. Es ahora que, en base a sus copiosas y variadas experiencias, la gente joven puede empezar a formar su propio juicio. Es en este momento que los jóvenes cruzan el umbral que separa la niñez del ser adulto. Un amor a la verdad, a la ciencia y a las responsabilidades y obligaciones elegidas por uno mismo, así como una urgencia de actuar según sus propias percepciones, empieza a tomar fuerza, lo que habrá de guiarles tanto en sus decisiones profesionales, como en la vida adulta en sí. Ahora la tarea consiste en pensar antes de actuar. La voluntad y el pensamiento, después de que el sentimiento intermediario entre ambos se ha fortalecido, comienzan a relacionarse entre sí.

Lo que ya está presente en los niños pequeños, crece según crecen ellos. Así pues, la ley final es proteger a la niñez. Por ello, hay que protegerla de los experimentos, del desarrollo prematuro, de los sobre estímulos y de todo cuanto pueda debilitar los poderes imaginativos del niño. Hay que proteger a la niñez, como a una fuente de bien- estar físico, de fuerza interior, de identidad propia y de tolerancia social. Si la niñez no está llena de alegría y de calor humano, de juegos imaginativos y de experiencias significativas, el desarrollo sano del niño estará plagado de obstáculos.

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